Es tu culpa. No es solo tu responsabilidad, cierto, pero pues, sí es tu culpa.
La culpa es tuya por vender esa póliza a ese cliente que sabes que no la necesita, que no la quiere y hasta sabes la cancelará, y hará circular posts en redes sociales, haciendo saber que nunca hacen eso, pero que en esta ocasión no podían callar el fraude del que fueron presas por "la mafia de los seguros". Y entonces algunos cientos de redesnautas, quienes en su mayoría jamás contrataron ni contratarán una póliza en su vida, compartirán también sus experiencias; inexistentes, o creadas por el vox populi, de lo terribles que son los seguros, de lo perversas que son las aseguradoras y lo viles que son esos sagaces vendedores de seguros. (En esta hoja no habrá opinión propia, ni de seguros, ni de aseguradoras, ni de clientes. Lo dejamos para otra entrega, que sí la habrá.) ¿Y de quién fue la culpa? Tuya.
Si el cliente te dice "quiero ahorrar dinero y tenerlo disponible para cualquier emergencia u oferta irresistible en el Buen Fin", ¿por qué le vendes un PPR? Sí, deberían leer las condiciones generales; sí, debieron poner atención a la columna de recuperación en la tabla que les mostraste. Pero no lo hicieron; por pereza, por estar muy ocupados, por ser distraídos. Sí. Pero por encima de todo no lo hacen por una razón poderosa e inexpugnable: confiaron en ti. Y si no te queda claro que los agentes de seguros ganamos dinero —buen dinero— por resolver una situación financiera a un individuo o a una familia, y no por vender a como dé lugar una póliza, entonces la culpa es tuya.
Si un asegurado quiere aprovechar la operación de su hernia para, de una vez, arreglarse también la nariz, y a pesar de todo lo que sabes que puede salir mal en el cierre del siniestro con el hospital y la aseguradora, tú decides que no dirás que no porque el cliente es de tus consentidos —sabes que otros agentes lo han logrado sin problemas, quizás tú mismo ya hayas salido exitoso antes—, pero en esta ocasión no; y el cliente debería saber lo que las condiciones generales claramente permiten y lo que no; y el cliente debió leer más allá del monto aprobado en la carta de ingreso hospitalario, donde dice que la carta cubre la intervención de la hernia, y nada más. ¿De quién será la culpa cuando suceda lo inevitable: el enojo y la advertencia "los seguros no pagan"?
La ecuación en nuestra profesión es sencilla, inflexible y tan estricta como la regla de jamás lavar la ropa blanca con la de color. En un negocio de seguros, todos deben ganar: Asegurado–Asesor–Aseguradora. Si alguno no gana, no es un buen negocio y no debería llevarse a cabo.